EL PAVO DE MI TÍA BETY

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María Elena Cornejo

Periodista y Trotamundos

EL PAVO DE MI TÍA BETY

Esta es mi receta favorita. No hay pierde con ella, se los aseguro. En varias ocasiones he intentado preparar otras recetas pero invariablemente regreso a esta, la que me enseñó mi tía Bety hace más de treinta años. Mis nietos adolescentes se encargaron de darle el visto bueno el domingo pasado, calificándolo como “el mejor pavo del mundo”. Vale anotar que minutos antes de servirlo se mostraron reticentes a probarlo alegando que “odian el pavo”. Al primer mordisco se volvieron incondicionales.

La preparación es increíblemente fácil. Compré un pavo fresco de 9 kilos en el mercadito de la Universidad Agraria La Molina. Me aseguraron que los crían en granjas de la propia universidad y los alimentan exclusivamente con maíz. De regreso del mercado, a eso de las once de la mañana, lo puse en un balde con agua y bastante sal (la salazón debe ser similar a la del agua de mar). A las 6 de la tarde más o menos, lo saqué, lo lavé bien y lo sequé minuciosamente por dentro y por fuera, primero con un paño y luego con papel toalla. Lo froté afectuosamente con limón. Dos limones fueron suficientes para cubrir interior y exterior. Lo dejé tranquilito mientras preparaba la marinada.

En el vaso de la licuadora puse una taza y un poquito más de pisco. Usé el acholado del Sarcay de Azpitia que tiene un sabor delicioso a pasas y frutos secos. Le agregué una taza de salsa de soya (la salsa oscura de Lee Kum Kee), 8 dientes de ajo pelados, por supuesto, dos cucharadas de mensí, un sobrecito de tausí y una cucharada de mostaza. Eché el preparado encima del pavo frotando suavemente para que toda la carne quede cubierta. Lo puse en la refrigeradora y me fui a dormir tranquilamente.

 

Al día siguiente prendí el horno a 190°, saqué el pavo de la refrigeradora, le aumenté dos unidades de anís estrella a la marinada y puse dentro de la cavidad del pavo un membrillo con varios clavos de olor pinchados en la cáscara. Le amarré las patas y envolví las alas con papel platina. Luego de una hora de cocción bajé el fuego a 175° y con una cuchara bañé la pechuga y las piernas con el propio líquido de la marinada. Esta operación la repetí cada media hora. A las tres horas y media de cocción el pavo ya tenía un bonito color dorado, o sea que lo cubrí con papel platina pero sin presionar, solo para protegerlo y evitar que se queme. A las cuatro horas y media pinché la pierna con un mondadientes y vi que no salía líquido. Ya estaba listo. Lo dejé en el horno con la puerta abierta por treinta minutos más. Luego lo desamarré, lo pasé a una fuente, colé los líquidos y preparé la salsa espesándola con una cucharada colmada de maicena. Lo único complicado es cortarlo en tajadas. Yo uso un cuchillo eléctrico que alivia la faena pero así y todo se requiere cierta pericia para no descuartizarlo de mala manera.

De veras que quedó delicioso. No dejen de probarlo y de agradecer a la tía Bety por esta maravillosa receta.

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